Nuevamente,
la ciudad de Bethy se preparaba para dar la bienvenida a los peregrinos. Si bien
era cierto que el ritual de peregrinaje se podía realizar dentro de tres fechas
del año, cuatro viajeros era un número bastante reducido.
Era fácil
darse cuenta quiénes eran con sólo verlos.
Muy fácil.
Era
temprano en la mañana cuando llegaron, el sol estaba empezando a escalar el
cielo, y algunos cuantos pájaros cantaban animados, como saludándolo. Una
ciudad bastante rústica se dibujaba en una mezcla de piedra y madera, y el
movimiento era bastante lento para ser un día laboral.
La plaza
donde debían reunirse estaba casi desierta, los árboles no se movían, el viento
casi no soplaba. Sólo una pequeña hada rompía el silencio: “Podríamos hacer
tantas cosas juntas, con tus pechos” y una sonrisa pícara se le dibujaba en el
rostro mientras coqueteaba con la lugareña.
Cynda Ab-Urnia
era un hada de los Bosques Faéricos, que se encontraban a medio día de vuelo,
al sur, atravesando el mar. Venía de una familia medianamente reconocida en su
tierra, y estaba en Bethy, como todos los nuevos adultos, para cumplir con el
ritual y ganar la bendición de un dios y obtener la coloración en sus ojos,
ahora blancos. Medía no más de 50 centímetros, y aun así conseguía ser alguien
que llamaba bastante la atención.
¿No me
dirás nada, linda? – insistió una vez más, sin obtener ni una mueca. Eran los
dos metros más tercos que había visto.
Kalie Hess,
era originaria de Bethy, también acababa de cumplir su mayoría de edad y estaba
lista para cumplir con el ritual de la coloración. Una mirada seria siempre le
acompañaba al rostro, lo cual solo incrementaba el miedo que su tamaño y su
robustez conseguían en los escuálidos hombres del lugar, quienes generalmente
detestaban cuando ella iba a entregarles el correo, su trabajo de medio tiempo.
Llevaba el cabello corto, a un estilo casi varonil, pero le sentaba bien a
pesar de todo.
Esperaba
pacientemente al alcalde de la ciudad para poder iniciar su viaje.
La voz del
hada cesó cuando vio a su otro acompañante de viaje, y un gesto de asco se le
dibujó en el rostro. Un insectoide de metro y medio, marrón, medio encorvado,
con grandes y blancos ojos compuestos la miraba y, peor aún, la saludaba. Con
sus orgullosos 6 meses de edad, también se encontraba listo para emprender el
viaje.
-¡Iiiiugh!
– dijo el hada retrocediendo unos centímetros, Kalie sintió alivio por esto.
-No, me
llamo Saph. Saph Khké – Dijo el aludido, aunque si se lo proponía también podía
ser listo.
-Iiiugh
–repitió con asco- ¿Tú también vendrás? – Y antes que el insectoide pudiera
responder algo, añadió – Solo mantente lejos.
Cole Smith
observaba la pintoresca escena mientras se acercaba.
El cuarto
integrante del grupo era un humano, durante bastante tiempo fue grumete en los
barcos de los pueblos aledaños, mas nunca permaneció mucho tiempo con una sola
tripulación. Él ya había conocido más temprano a Cynda, quien por su exótica
apariencia lo había bautizado como “Guácala”, pero algo compartían en común, no
estaban para nada contentos con la calidad de sus compañeros de viaje (De
hecho, solo Saph parecía alegre de tener amigos nuevos). Sus ojos, blancos como
nieve, se enfocaban ahora en el hombre que acababa de salir de la alcaldía para
darles la bienvenida.
-Buenos
días, peregrinos –saludó el alcalde- Sé que están aquí para comenzar su viaje
hacia el templo de los elementos, en Bewold, y concretar así el ritual de la
coloración. Normalmente, dispondría de un barco para que puedan surcar el
océano y llegar a continente, pero me temo que esta vez no será posible.
Cynda
estaba impaciente, esta noticia era la tercer cosa fea y sin gracia con la que
se había topado ya ese día.
-¿Cuál es
el motivo? – increpó.
-Desde hace
unos días no hemos podido buscar suministros de nuestros depósitos del norte,
pues una ventisca se ha prolongado bastante y no pareciera querer amainar
pronto. – Respondió el alcalde- Además que se han avistado lobos por la zona, y
con la pésima visibilidad y el mal clima tememos por la suerte de los que
vayan.
Kalie
escuchaba atentamente, sabía sobre la ventisca del norte, pero las tierras
cercanas a Bethy nunca habían albergado lobos. Podríamos ayudar, dijo, la
ciudad no cuenta con muchos guardias y una baja en las filas no es una opción
aquí.
Los demás
peregrinos no dijeron nada, pero apoyaban la moción. Después de todo, el ritual
de la coloración era una fuerte costumbre del norte y no dejarían que el viento
y unos lobos les impidieran llevarla a cabo.
De esta
manera, logrando convencer al alcalde (aunque no de buen agrado) el pequeño
grupo consiguió un par de arcos, espadas y un mondadientes de metal para la
pequeña hada.
Se
sortearon las armas, Saph tomó un arco, y nadie se animó a discutirle, nadie
quería intercambiar palabras con el bicho, ni aunque fueran para discutir.
Kalie y Cole discutían por las espadas:
-Creo que
estás con una espada demás- Kalie alargaba el brazo intentando tomar una de las
espadas que sostenía el hombre.
-Creo que
no- Cole miraba a los ojos a la mujer que lo superaba por una cabeza, no
titubeó.
-¿¿Quieres
pelear por la espada?? – La enorme mujer lo miró fijamente.
-No creo
que te convenga- respondió, y una mirada paralizante cortó el alma de Kalie. No
discutió más, tomó el otro arco y se alejó a entrenar. Miradas como esa
intimidan más que el diablo.
Un día
completo entrenaron cada uno, no tenían experiencia alguna con armas, a
excepción de Cynda que era experta con los arcos que sí podía sujetar.
Lastimosamente, luego de que Cole se hubo limpiado los dientes con el
mondadientes de metal, solo pudieron conseguirle una aguja de hueso como arma a
la pequeña, a modo de jabalina.
Al día
siguiente, luego de haber desayunado (bajo cortesía del alcalde), emprendieron
marcha hacia el norte. Las cuevas con suministros se encontraban a 7 horas a
pie. Debido a que estaban más cercanas al polo, usaban las cuevas como depósito
seguro de alimentos, en incluso de dinero. Las cuevas estaban tapiadas por
enormes pórticos metálicos, asegurados con muchas llaves y cadenas, a modo de
impedir que proscritos y vagabundos se internen a robar.
El grupo
avanzaba lentamente por las planicies, bordearon un lago, que no los desvió
mucho del camino. El paisaje parecía no cambiar conforme avanzaban, y el tedio
los estaba empezando a acechar. El silencio era roto solamente por algún comentario
soez de Cynda hacia los pechos de la humana, pero a esta no parecía importarle
mucho. Aunque había crecido toda su vida en Bethy, Kalie no tenía amigos, era
un pueblo pequeño y no era común que hubiera muchos jóvenes o niños, y los
pocos que había, llegaron a tenerle miedo una vez que alcanzó esas proporciones
bastante atípicas para una lugareña.
Se
encontraban ya por ingresar a una arboleda, las cuevas estaban solamente a un
par de horas, y todo había transcurrido con normalidad.
Pero un
aullido rompió el silencio.
Otro lo
acompañó, y se unieron en coro.
Un par de
lobos salió del bosque, y se dirigió directo al grupo. Todos alistaron armas al
instante, algo felices de salir del letargo de caminar tanto tiempo sin tener
nada para entretenerse.
Los lobos
se dirigían rápidamente cada uno a un humano. A pesar de ser bastante
voluminosos parecían ser solamente crías.
Saph
reaccionó primero y lanzó velozmente una flecha a cada lobo. La primera flecha,
dirigida a proteger a Cole se desvió bastante, pero la otra acertó al lobo que
se dirigía a la humana, haciendo que el lobo lance un chillido. Fue un impacto
directo en el animal.
Cole,
desacostumbrado a luchar con armas, principalmente se dedicó a esquivar los
ataques del animal, al mismo tiempo que este hacía lo propio con los torpes
sablazos que mandaba el inexpresivo humano. Pero la peor parte se la llevó Kalie, que
no pudo acertar un disparo de su arco hacia el lobo que ya le había hundido los
colmillos en la pierna dos veces. La chica aprovechó que el lobo estaba cerca e
intentó lanzarse sobre el animal, y contenerlo con su cuerpo, al tiempo que
Saph lograba acertar una flecha en el lomo del cánido.
Kalie no
pudo atrapar al lobo y cayó al suelo. Advirtió que el lobo estaba bastante
herido por la flecha y que iba a escapar. Ella logró sujetarlo de una pata y,
con toda su fuerza lo hizo volar por el aire, solo para arremeterlo contra el
suelo. La impresión de aquella escena distrajo a Saph, que lanzó una flecha
bastante desviada, impactando de lleno con la pierna de Cole. El humano empezó
a maldecir a todo pulmón. Frustrado, lanzó las espadas lejos y arremetió un
duro golpe sobre la sien del animal, que si no hubiera intentado evadirlo, lo
hubiera recibido con toda la fuerza de los pesados brazos y se hubiera
desplomado ahí mismo.
El animal,
aturdido, comenzó la retirada, pero tuvo la mala suerte de pasar cerca de
donde se encontraba Kalie, la cual terminó el trabajo que sus dos compañeros
habían dejado a medias.
Finalmente
agitados y con algunas heridas en los humanos, comprobaron el estado de los
lobos, que yacían muertos, cerca el uno del otro. Recién entonces se dieron
cuenta que no Cynda no estaba con ellos, y que no había formado parte de la
batalla.
Saph fue a
recuperar sus flechas perdidas. Cole rompió la que se le incrustó en la pierna,
para que se le fuera más fácil caminar, pero no retiró la punta de la carne,
pues sabía que podría perder sangre si lo hacía.
Fue
entonces que la vieron llegar volando, de entre las copas de los árboles. Cynda
se veía bastante horrorizada.
-¡Rápido, a
la ciudad! ¡Si no quieren morir! -y se alejó volando encaminada en contra ruta
a las cuevas.
No
entendían que es lo que acababa de suceder con ella. Intentaron ver más allá y
solo adivinaron a ver una gran borrasca de nieve y hielo que venía en dirección
hacia ellos.
Saph, que
tenía la vista un poco más aguda, alcanzó a ver qué fue lo que horrorizó a
Cynda. Un enorme lobo, con brillantes ojos rojos se dirigía hacia ellos, y
advirtió que era él el que estaba levantando la tormenta de nieve.
Tanto como
se lo permitieron sus palabras, comunicó con muchos siseos y crujidos esta
noticia a los humanos, que ahora se disponían a cargar a los lobos. No fue
necesario mucha labia para hacerlos entender que estaban en peligro de muerte.
Se
dirigieron lo más rápido que sus heridas y sus piernas les permitieron, de
vuelta a la ciudad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario