Despertó, y todo estaba borroso; sus ojos estaban húmedos, llenos de lágrimas. La luz de la luna ingresaba por un pequeño espacio, entre las cortinas que cubrían la ventana del cuarto.
Sintió un nombre en la punta de la lengua, un nombre familiar, pero no pudo terminar de adivinar cuál era.
Se sentó en la cama.
Las manos, sudorosas, se movieron lentamente hacia su frente.
Sus pupilas se achicaban.
El corazon latía
más
rápido
cada
vez.
Sus pulmones se agitaban.
Una punzada de dolor repentino en la cabeza.
Voces.
Voces lo acosaban.
En las sombras, dedos flacos y pálidos se mostraban.
Le apuntaban.
Le punzaban el alma.
El aire se volvia denso...
Tóxico.
Mortal.
No cabía duda. El experimento había sido un éxito.
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